
Deep tech en España: del laboratorio al mercado en 2025
El deep tech español ha dejado de ser promesa lejana: hay empresas que convierten avances en IA, fotónica, biotecnología o nuevos materiales en productos reales. El salto del laboratorio al mercado, sin embargo, exige una coreografía delicada: propiedad intelectual bien definida, equipos mixtos de ciencia y negocio, financiación paciente y, sobre todo, clientes tempranos que validen en condiciones reales. ¿Qué está funcionando en España y qué falta por ajustar?
Empecemos por la IP. Universidades y centros públicos han modernizado sus oficinas de transferencia de tecnología (OTRI), agilizando licencias y modelos de spin-off. Aun así, persiste la tensión entre retener derechos y permitir libertad a los equipos fundadores. Los acuerdos que prosperan fallan menos porque reparten porcentajes “perfectos”, y más porque marcan hitos claros: qué pasa si no se alcanzan métricas de desarrollo, cómo se comparte retorno en futuras rondas y qué condiciones activan recompra de patentes. La claridad reduce fricciones cuando toca crecer.
El equipo es decisivo. Las compañías que avanzan integran perfiles científicos con product managers y líderes de operaciones capaces de industrializar prototipos. La figura del “translational founder” —quien habla ciencia y negocio— se vuelve común. En IA, por ejemplo, equipos que combinan NLP en español con expertos en regulación logran vender en sectores sensibles como salud o banca, donde la explicabilidad no es opcional.
La financiación también evoluciona. Fondos especializados en deep tech y vehículos públicos-privados aportan capital paciente, complementado por subvenciones competitivas. El calendario financiero debe reflejar la realidad técnica: los prototipos de hardware, los ensayos clínicos o la validación industrial no se encajan en ciclos trimestrales de métricas de usuario. Ayuda estructurar “tramos de riesgo” con entregables técnicos: una prueba de concepto, una certificación, un piloto pagado.
El gran catalizador es la compra pública innovadora. Administraciones que ponen problemas concretos sobre la mesa —monitorización ambiental, diagnóstico temprano, eficiencia energética— crean demanda y comparten riesgo. España ha multiplicado estos programas, pero queda profesionalizar el proceso: definir métricas de impacto, establecer contratos escalables y garantizar interoperabilidad. Para una startup deep tech, un cliente público local con métricas sólidas es mejor carta de presentación que un premio.
Casos de éxito inspiran. Empresas que usan visión por computador para inspección industrial han pasado de pilotos a despliegues en factorías españolas, reduciendo mermas y paradas. En salud, algoritmos de apoyo al diagnóstico, entrenados con datos españoles y auditados, ahorran horas de lectura y detectan riesgos tempranos. En energía, materiales avanzados y algoritmos de predicción mejoran rendimiento de parques eólicos y fotovoltaicos. Todas comparten un rasgo: convierten la ciencia en una ventaja de producto visible, no en una nota al pie.
El idioma es activo estratégico. Documentación, interfaces y soporte en español aceleran adopción. En deep tech de IA, entrenar, evaluar y documentar en español y cooficiales multiplica precisión y demanda en mercados hispanohablantes. Coordinar estándares y datasets abiertos en nuestro idioma crea efectos de red que pocos pueden replicar.
¿Qué falta? Más talento en industrialización: ingeniería de proceso, verificación, cadena de suministro. También un puente mejor entre laboratorios y manufactura local, con líneas piloto y centros de fabricación compartida que permitan iterar sin externalizar de inmediato. En normativa, acelerar certificaciones sin bajar el listón y ofrecer ventanillas únicas por vertical desatascaría proyectos.
Mirando a 2025–2027, el éxito deep tech español dependerá de tres palancas: 1) contratos que premien soluciones interoperables y evaluables, 2) talento que domine el viaje completo de prototipo a producción, y 3) una narrativa internacional basada en resultados y en la singularidad de operar en español con estándares europeos. La ciencia ya está; toca convertirla en industria sostenible.